domingo, 6 de septiembre de 2015

Chipilo

Un lugar poblano en donde hablan véneto

En Chipilo todos hablan véneto, un dialecto italiano antiguo que se quedó atrapado en el tiempo y que se habló en el noreste de Italia hasta finales del siglo XIX. Así que cuando un chipileño visita la madre patria, les dicen que hablan como sus abuelitos o si son muy jóvenes, simplemente dicen que hablan antiguo y raro.

Ni italiano ni véneto
Los chipileños son producto de una inmigración que cruzó el Atlántico a finales del siglo XIX. El véneto llegó a México en 1882 de la mano de un grupo de migrantes de Segusino, un pueblo del interior no muy lejano a la ciudad de Venecia. Corrían los tiempos de Giuseppe Garibaldi y el romanticismo estribaba en unificarlo todo en torno al sentimiento de una nación italiana recién fundada. También su idioma. Cuando algunos de aquellos campesinos dejaron sus hogares, cada comarca o valle tenía sus particularidades lingüísticas mucho más diferenciadas que en la Italia de ahora. Y ésa es la razón de que el dialecto chipileño tenga, si cabe, más valía, porque aquel véneto llegó aquí intacto, sin normas, y conservó sus matices.

La comunidad de Chipilo es ahora la única junta auxiliar del municipio de San Gregorio Atzompa, en el Estado de Puebla, México. Cuyos habitantes son muy distintos en costumbres, cultura y rasgos étnicos, con el origen nahuatl de la mayoría de los antiguos propietarios de las actuales heredades y que cedieron parte de su territorio para fundar una colonia de hombres blancos y mujeres bonitas.

Cuando las hormonas comenzaron a alborotarse y mi atención se fijó en las chicas de mi tiempo, las chipileñas parecían ser las mujeres mas hermosas de la región, blancas de nariz respingona, ojos claros y cuerpos delgados bien formados, eran lo común en las calles de Chipilo. Pero para desgracia de los jovenzuelos de nuestro tiempo, en los años 70´s, aún los varones chipileños celaban a sus mujeres, fueran hermanas, hijas o simplemente conocidas. Porque según ellos, todas y todos eran una familia. Por décadas los chipileños fueron emparentando unos con otros y rara vez fue permitido que un extraño formara parte de la familia.

A mi sobrino Ángel desde pequeño le gusta la menestra y los fasui, cuando regresa con su madre, mi hermana, se despide de su padre con ademán y un vedon.

En esta pequeña comunidad, a tan solo 15 kilómetros de Puebla, parece que los años avanzan lentamente. Ángel como a todos los chipileños, el dialecto se lo enseñó su padre, quienes lo aprendió de sus abuelos y estos de sus tatarabuelos. Era el 2 de octubre de 1882 cuando 38 familias de Segusino en la provincia de Treviso, a los pies de los Alpes, desembarcaron en México. La historia cuenta que compraron terrenos, se dedicaron a la agricultura y a la ganadería y se especializaron en el arte de producir queso. Durante muchas décadas, quizás hasta los 80´s la comunidad de Chipilo fue asociada con los establos, en donde los hombres dedicaban su esfuerzo al cuidado de las vacas y venta de leche bronca, las mujeres a la manufactura de queso y otras actividades asociadas con el establo.

Hasta finales del siglo XX las farolas chipileñas pintaban en sus muros una bandera italiana, porque todos se sentían vénetos y sin olvidar su origen, rendían culto a la tierra de sus ancestros, era común pasar por la única calle principal que cruza el pueblo, con aires impregnados con el olor inconfundible del estiércol. Pero tras el primer centenario de la comunidad, la actividad agropecuaria se abandonó parcialmente para dedicarse a la manufactura de muebles rústicos y así los establos se convirtieron en talleres de carpintería, hasta que los fraudes y malas pagas echaron por tierra decenas de ilusiones, regresando algunos a la actividad con la que comenzaron, otros más se aventuraron a buscar fortuna en los Estados Unidos, quienes años después regresaron con su esposa chipileña, algunos con hijos e hijas incluidas.

Durante la primera mitad del siglo XX, los chipileños se multiplicaron como champiñones a la dervia, familias de hasta 22 hijos. Las historias de chipileños que acabaron casándose con otros chipileños, inclusive familiares en tercer y segundo grado son innumerables. Por eso, Chipilo es una gran familia. 

En una época el párroco era quien juntaba a los que se quedaban viudos”. 

Myrna Ajuria Zecchinelli una joven que en 2009 voló a Italia y participó en el concurso de belleza Miss Italia, cuenta que a su padre, oriundo de Puebla, le echaron a balazos cuando pisó Chipilo. “Se decía que los chicos venían aquí a buscar mujeres guapas”.

Los chipileños son vénetos no solo en el idioma, en su mayoría rubios y de ojos claros en una tierra de mestizaje, todos comen polenta y juegan a bocce.

Cono principales testimonios tienen en honor a los caídos italianos en la Primera Guerra Mundial un montículo llamado Monte Grappa, aún cuando la mayoría no saben en donde queda el Bel Paese italiano. La estatua de una virgen y un trozo original del macizo italiano, regalo de la tierra querida, vigilan el pueblo desde lo alto de la colina. Una placa escrita en italiano cita: “Intriso di nobile italico sangue simbolo della patria lontana testimonio dell’eroismo italiano [impregnado de noble sangre itálica símbolo de la patria lejana testimonio del heroísmo italiano]”.

Como todos los italianos, también los chipileños se gritan de un lado al otro de la calle para saludarse o para hacerse algún comentario.

Carolyn McKay, una lingüista estadounidense, ha sido la única profesionista que intentó establecer un sistema de escritura para véneto y que se ha transmitido de generación en generación. McKay obtuvo escaso éxito entre los chipileños, “aquí cada quien escribe como quiere” lo que ha provocado cambios en el dialecto para ser un "derivado del véneto" al que ya se llama "chipileño", confiesa un tanto decepcionada. 

Algunos chipileños han rebasado la frontera del pueblo para darle fama, son personajes más conocidos y reconocidos en Italia que en México.

Voz de Trueno
Hugo Colombo, quien nació en Chipilo en el año 1980, a los 19 años se fue a vivir a Italia. Primero a Segusino, luego estudió en París y en Padua. Es un cantánte de ópera, cuya voz de trueno bien impostada sube y baja el tono como lo hacen los italianos al hablar, es como si sus palabras dibujaran una y otra vez las laderas del Monte Grappa, la colina que queda en el centro del pueblo. Tenor que cantó en la inauguración de la Puerta Santa vaticana (2000), y por ello acompañó a Juan Pablo II a sus vacaciones invernales en Cortina d'Ampezzo. Primer tenor en la Capilla Musical Pontificia y en Santa María la Mayor, en Roma. Tomó clases magistrales con Jonas Kaufmann y el peruano Juan Diego Flórez. Dicípulo de Pamela Hebert, ex alumna de Maria Callas en los teatros neoyorquinos.





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